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Opiniones

El objetivo debe ser que nuestros hijos “se sientan” verdaderamente queridos por nosotros.

 

Amar a los hijos adolescentes

Xavier Amat - Familia y Cultura nº 283 (Navidad 2008).

07-01-2009

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Hace unos días asistí a una reunión de padres en el colegio de mis hijas. En esa ocasión la habitual conferencia trataba sobre la educación de nuestros hijos adolescentes. La conferenciante acabó su brillante intervención con una frase que me impactó profundamente: “No lo olvidemos. A los adolescentes hay que quererles mucho más de lo que probablemente se merecen”.

Si analizamos la trayectoria del comportamiento usual de los hijos adolescentes, podemos concluir que efectivamente se merecen bastante poco nuestro afecto. Pero al mismo tiempo, con esta afirmación caemos en la cuenta que debemos corregir muchas cosas y trazar un nuevo reto: amar mucho más a nuestros hijos adolescentes.
Casi sin avisar, la adolescencia de nuestros hijos irrumpe en nuestra familia. Aquel niño adorable y simpático se vuelve de repente gruñón y distante. A casi todas nuestras sugerencias o peticiones, responde con mala cara y palabras bruscas, casi siempre para negarse a hacer lo que le pedimos. En su relación con los hermanos, las peleas son continuas, alterando frecuentemente la armonía de nuestra casa.
Cuando esta actitud se prolonga en el tiempo y, sobre todo, cuando la adolescencia alcanza su “fase aguda”, debemos confesarlo sin tapujos: ¡cuesta una barbaridad amar a nuestros hijos adolescentes!
Voy a explicarme: no me refiero al amor que todos los padres tienen por sus hijos. Hay que suponer que todos los padres del mundo quieren a sus hijos por el simple hecho de serlo. El fundamento de este amor estriba en la relación paterno-filial, vínculo indestructible e irrenunciable que dura siempre.
Estoy aludiendo al amor en su faceta más sentimental o afectiva. Es bien sabido que no solo debemos querer a nuestros hijos, sino que es imprescindible que nuestros hijos “se sientan” queridos por nosotros. Y lo cierto es que, ante un adolescente esquivo y malcarado, nos cuesta mucho profesar este amor paterno-filial acompañado del sentimiento, envuelto en ternura, en gestos de afecto, incluso caricias, tan habituales en las etapas anteriores a la adolescencia.
No solo esto, sino que es probable que en el duro trato diario, nuestros hijos adolescentes, puedan percibir un sentimiento contrario al amor del que estamos hablando. A mi juicio, aquí radica un grave peligro para el ejercicio de nuestro servicio para con ellos.
Conviene recordar que la adolescencia supone para nuestros hijos atravesar una etapa fértil y maravillosa, pero al mismo tiempo llena de preguntas e incertidumbres, ya que empiezan a asomarse al mundo de los adultos. Por eso, necesitan más que nunca del amor de sus padres, de nuestro afecto y reconocimiento, aunque a veces no lo parezca. Y no me refiero a un afecto de amistad, sino verdadero amor de padres. En una entrevista para un periódico nacional, el famoso Juez de Menores de Granada Emilio Calatayud lo dice con mucho salero: “...como algunos padres no saben cómo hacerlo, actúan haciéndose coleguillas del niño, coleguillas del adolescente; hablándoles de tú a tú, en plan de amistad. ¡Y queriendo ser sus colegas les han dejado huérfanos! Eso no es bueno. Porque los hijos quieren padres y los padres quieren hijos...”
A la vista de esta situación, para evitar el peligro anunciado anteriormente, quizás sería bueno reflexionar ahora sobre algunos aspectos importantes de nuestra relación con ellos, que estoy convencido pueden ayudar a la expresión de amor y afecto que tanto requieren. En definitiva, de entre los muchos que son necesarios, hay tres hábitos o virtudes que, si logramos adquirir, nos llevaran a conseguir el objetivo: que nuestros hijos “se sientan” verdaderamente queridos por nosotros.

1. Serenidad
Ante una mala contestación, acompañada del consabido portazo; al observar por enésima vez que su ropa en la habitación esté amontonada sin orden alguno; o ante su sorprendente pasotismo ante unas malas notas, es posible que nos dejemos llevar por los nervios y les intentemos corregir a gritos. Acto seguido, incluso podemos quejarnos de que nuestros hijos adolescentes gritan, contestan mal y dan portazos, cuando deberíamos examinarnos si quizás han aprendido de nosotros alguna de estas reacciones desmesuradas.
Con nuestros gritos, los adolescentes suelen interpretar que todavía les tratamos como si fueran niños, que no los consideramos como los adultos que pretenden ser, aumentan los nervios y el malestar general y, no nos engañemos, la corrección deviene inútil.
Por el contrario, si ante estas dificultades reaccionamos con calma, mostrándonos cordiales y amables, les estamos ofreciendo la afectividad madura que necesitan. Al mismo tiempo, les damos un buen ejemplo de serenidad, como aquella virtud, imprescindible para el amor, que nos hace mantener un estado de ánimo apacible y sosegado aún en las circunstancias más adversas, encontrando soluciones a través de una reflexión detenida y cuidadosa, sin engrandecer o minimizar los problemas.
¡Que difícil conseguirlo ante determinadas situaciones! No obstante, ¿por que no hacernos este propósito? Podemos empezar armándonos de mucha paciencia (contar hasta diez por dentro resulta a veces eficaz) y ser conscientes de que no podemos iniciar una conversación con ellos si no somos capaces de terminarla con serenidad, pase lo que pase, diga lo que diga.
En los peores momentos, quizás puede ayudarnos pensar en el conocidísimo pasaje de la primera Carta de San Pablo a los Corintios: “El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites”.

2. Optimismo
He buscado la definición de “optimismo” en el Diccionario de la Lengua Española y me quedo con la siguiente acepción: “Propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable”.
Probablemente como consecuencia de su actitud de rebeldía, hemos de admitir que muchas veces con nuestros hijos adolescentes observamos la actitud exactamente opuesta, es decir, tendemos a ver y juzgar sus cosas, sus aficiones, en general, sus actos, en su aspecto más desfavorable.
Caemos frecuentemente en el error de practicar la “presunción de culpabilidad”. Por ejemplo, nuestro hijo llega una hora tarde a la cena en familia, en su móvil sale el buzón de voz y pensamos: “llega tarde a cenar porque seguro que se ha distraído con sus amigos sin pensar en su familia. ¡Esto es inaceptable!”. No quiero ni imaginar la cara que mostramos al recibirle cuando llega tarde. No descarto que la razón descrita sea la correcta. Ahora bien, si practicamos la “presunción de inocencia” (nadie es culpable hasta que se demuestra lo contrario) podríamos pensar que llega tarde por alguna razón ajena a su voluntad; por ejemplo, los trenes se han averiado y además se ha quedado sin batería en el móvil. De este modo, nos mantenemos en la mejor de las disposiciones cuando finalmente llega tarde y puede responder a nuestra pregunta sobre la razón de su tardanza.
Toda persona, y en su etapa adolescente mucho más, necesita del reconocimiento de los demás para sentirse valorado, en definitiva, para sentirse querido. ¿Cuántas veces nos sorprendemos destacando a nuestros hijos las cosas que hacen mal? Obviamente, no debemos olvidarnos de las cosas que deben mejorar. No obstante, también es imprescindible destacar sus éxitos, sus logros, valorar con elogios oportunos las cosas que hacen bien, que seguro que son muchas.

3. Perdón
Nuestros hijos tienen el derecho a que nosotros ejerzamos de padres. Y la tarea de ser padres es incesante. Tenemos que ser padres las 24 horas del día y los 365 días del año. Además, en este apasionante cometido, debemos salvar innumerables dificultades y situaciones comprometidas. Por eso, es absolutamente normal que nos equivoquemos muchas veces al día.
Como tienen el sentido de la justicia a flor de piel, los adolescentes perciben automáticamente los errores que cometemos en su trato habitual. En estos casos, aunque cueste, es imprescindible pedir perdón. Pero no después de un tiempo largo en el que nos hemos distanciado amargamente del hijo afectado, sino casi inmediatamente, anticipándonos a una posible iniciativa por su parte.
Y al revés también, por supuesto. No podemos hacernos los remolones para perdonar a nuestros hijos cuando han cometido una falta, por grave que sea.
Blanca Brancatisano, en su libro “La Gran Aventura” lo explica muy bien. Aunque el libro trate del amor matrimonial, creo que es perfectamente aplicable aquí: “Sé muy bien que no es fácil perdonar; es el acto más sobrehumano que se conoce, pero si no conseguimos hacerlo en el ámbito favorable y privilegiado de una relación total como es el amor, no hay esperanza alguna (...)”
No tengo espacio para más. Me gustaría simplemente exponer este breve razonamiento: educamos a nuestros hijos para que sean felices. Una persona únicamente es feliz si ama y se siente amada. Enseñemos, pues, a amar a nuestros hijos. Y, para ello, que vean que los padres nos amamos con ternura y les amamos así también a ellos. De esta forma, lograremos, tarde o temprano, que superen con éxito la apasionante y difícil etapa de la adolescencia.
Me permito acabar con otra cita del mismo libro de Blanca Brancatisano: “ser amados cuando somos y nos comportamos como unos gusanos... ah, esto si que es algo que conmueve las entrañas del mundo, algo que provoca un estupor capaz de dar nueva vida a quien recibe un amor así”. ¡Que bueno sería que nuestro hijo tuviera y sintiera este amor de padres!
 
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