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La familia es una especie de piedra miliar de los valores frente a las graves necesidades que afligen al mundo.

 

La transmisión de valores en la familia

Jaime Septién - Zenit, 14 de enero 2009

15-01-2009

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Con la conferencia “¿Qué cosa es el valor?", el profesor y periodista chileno Jaime Antúnez Aldunate desempeña un papel fundamental en este primer día de trabajo del Congreso Teológico Pastoral que se lleva a cabo en el marco del VI Encuentro Mundial de la Familia en México.Jaime Antúnez Aldunate es fundador y director, desde 1996, de “Humanitas” (www.humanitas.cl), una de las revistas más importantes en América Latina sobre antropología y cultura cristiana, perteneciente a la Pontificia Universidad Católica de Chile.Es, también, autor del libro de entrevistas “Crónica de las ideas” en el que entre celebridades como Jean Guitton, Julián Marías, Eugène Ionesco, Octavio Paz, el Dalai Lama, Robert Spaemann, André Frossard o Josef Pieper, ofrece una conversación ("El problema de fondo"), con el entonces cardenal Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI.

¿Qué es “el valor” (tema de su conferencia) en un mundo como el nuestro que, según parece, le tiene fobia a lo que no es relativismo y subjetivismo?
En el lenguaje corriente se entiende en general por valor una opinión estable, identificable con una posición ética, por contraste con la mera opinión de coyuntura, como son las políticas, las económicas y otras de la especie. Entran así en la categoría de la discusión de valores especialmente aquellas referidas a temas como la familia, el aborto, el derecho a la vida, la reproducción sexual y similares. Se habla a veces, a este propósito, de “la cuestión valórica”.
Pero hay que ir despacio y se necesita aquí hacer algunas distinciones. Pues un valor, que podría también ser entendido como un bien reconocido en cuanto tal, para ser efectivamente reconocido como bien, necesita ser primero que todo experimentado. Esto es algo de la esencia del valor cuando se trata del tema de la cultura.
La cultura, a la que el Concilio Vaticano II definió como “estilo de vida común que caracteriza a un pueblo y que comprende la totalidad de su vida”, puede entonces ser vista, desde la perspectiva de los valores, como bienes que experimentan las personas en la vida de una sociedad. Por cultura puede entenderse en este sentido “el conjunto de valores que animan la vida de un pueblo y de desvalores que lo debilitan”, o bien las formas a través de las cuales aquellos valores o desvalores se expresan y configuran en las costumbres, la lengua, las instituciones y en la convivencia en general.
La tradición aristotélica hablaba más de virtudes. Pero sea como fuere, virtudes o valores, unos y otros lo son en cuanto realidades vividas y no en cuanto meras opiniones. Si no son capaces de cultivar a la persona en el sentido de germinar en ella un cultivo de su ser estamos en el plano de simples justificaciones o entelequias racionales, sin vinculación entitativa con el bien, la verdad y la belleza. Andaríamos por ahí en la dirección del nihilismo, según lo definió Nietzsche, situación en que los valores se resquebrajan, dejan de tener fuerza, pierden su finalidad, donde no existe respuesta a la pregunta por qué.
Y esto sí que es engendro de subjetivismo y del más puro relativismo. Si se habla de relativismo de los valores, miremos sobre todo el plano de la experiencia. Pues el relativismo tiene que ver, más que con el lenguaje y los discursos, principalmente con los quiebres familiares, con la secularización de la mujer, con la crisis social de la figura del padre, con la voluntad de no compromiso, y tantas y tan variadas actitudes del género. El valor no se sostiene en un discurso, como es claro, sino en un modo de ser persona. En una cultura, por lo tanto. El relativismo y el subjetivismo germinan en la ausencia de ésta.

¿Ha perdido terreno la familia frente a los medios electrónicos de comunicación en lo que se refiere a la formación de valores humanos y cristianos de los hijos?
Ya el siervo de Dios Juan Pablo II hablaba, por ejemplo en su “Carta a las Familias” del año 1994, del drama de los modernos medios de comunicación sujetos a la tentación de manipular el mensaje, falseando la verdad sobre la persona humana, produciendo con ello profundas alteraciones en el hombre de nuestro tiempo, “a punto de poder hablarse en este caso de una civilización enferma”, decía.
En dieciocho años es mucha el agua que ha corrido bajo los puentes y el problema se ha agravado considerablemente, abarcando incluso otras dimensiones.
Por ejemplo, considere usted tan sólo la creciente dependencia en que viven hoy los jóvenes de los más variados medios de comunicación electrónicos, que la técnica va cada día ofreciendo. Es claro que al margen de la provechosa utilidad que obviamente pueden muchos generar de su buen uso se va generalizando el hábito mental de vivir “conectado”, situación preocupante por la fuerte carga deshumanizadora que conlleva, la cual desplaza el natural y personal vivir “comunicado”, timbre que caracteriza a una sociedad de personas humanas. Mientras lo segundo, lo dice la palabra, es propio de la comunión interpersonal, no sucede lo mismo con la conexión, crecientemente impersonal, activadora y sintomática a la vez de la soledad en que vive el hombre contemporáneo, en particular millones de jóvenes.
Todo esto, a la vez que horada la relación entre personas y en concreto entre las personas de la familia es un venenoso sucedáneo frente al debilitamiento generalizado que la comunión personal viene sufriendo.
Pero digamos algo más. Este proceso, en sus rasgos psicológico-culturales, es el perfecto pórtico de una mística nihilista mística “del nirvana”, podríamos llamarla, pues lo aparente aquí se superpone a lo real donde el hombre se sumerge en un universo de ilusiones. En un contexto como el presente, que tiende al predominio de lo virtual, donde la apariencia se vive como realidad, trasparece una profunda sintonía con esos fenómenos místico-nihilistas. No extraña así que las manifestaciones de estos misticismos nihilistas proliferen hoy masivamente, expresándose a través de muy variadas formas, desde la llamada Nueva Era -suculentamente publicitada- hasta el campo de las músicas populares. Ejemplo prototípico de lo último, repare usted por ejemplo en la letra de la popular canción de John Lenon, “Imagine” (Imagine there's no heaven / It's easy if you try / No hell below us / Above us only sky / Imagine all the people / Living for today... / Imagine there's no countries / It isn't hard to do / Nothing to kill or die for / And no relion too / Imagine all the people / Living life in peace...)

¿Qué papel debemos desempeñar los laicos concretamente los laicos en los medios de comunicación o en la política para rediseñar una estrategia en la que la familia vuelva a ser la formadora de valores?
Le respondo con unas palabras muy justas de Benedicto XVI, dirigidas a un grupo de obispos en visita “ad limina”, que acabo de leer en una selección de “L'Osservatore Romano”: “Uno de los principales objetivos de la actividad del laicado es la renovación moral de la sociedad, que no puede ser superficial, parcial e inmediata. Debería caracterizarse por una profunda transformación del ethos de los hombres, es decir, por la aceptación de una oportuna jerarquía de valores, según la cual se formen las actitudes”.
Esas palabras son una perfecta síntesis de lo que venimos conversando, y respuesta última y certera a lo que usted me pregunta. Los laicos tenemos una responsabilidad esencial en esa profunda transformación, hoy más necesaria que nunca, que requiere el “ethos”, es decir, la jerarquía de los valores. Pero no valores así no más, por lo que dice el Papa, sino valores anclados en actitudes vividas, las únicas capaces de dar forma a una cultura.
No bastan pues los argumentos. La primera cristiandad se construyó con la sangre de los mártires.

Como conocedor de cerca del actual Papa Benedicto XVI, ¿cuáles son las líneas fundamentales del pensamiento del Santo Padre sobre la relación mundo moderno-familia-valores?
El Santo Padre ha venido apelando, cada vez con mayor belleza y profundidad, a la necesidad que tiene el hombre de nuestro tiempo de salir del reduccionismo en que lo puso la razón ilustrada. Fue ésta la clave de su célebre discurso en la Universidad de Ratisbona, Alemania, en septiembre de 2006. Luego de su discurso no pronunciado a la Universidad La Sapienza, en Roma. Asimismo en París, de la hermosa alocución ante los constructores de la sociedad. En todas esas ocasiones ha mostrado que la razón no puede perder de vista la amplitud del logos y constreñirse a una pensar puramente empirista.
Pero me parece que este apelo del Papa se entiende plenamente cuando se comprende que esa razonabilidad del logos es consonante con la experiencia. Es decir, una vez más, con los valores encarnados en la vida. Esta formulación se entiende perfectamente al mirar la experiencia de la santidad en la historia de la Iglesia. El mismo Benedicto XVI ha declarado estar convencido de que la verdadera apología de la fe cristiana, la demostración más convincente de su verdad contra cualquier negación, se encuentra, por una parte en sus santos una fuerza humana que arranca de lo divino y que visiblemente rehace la faz de la tierra y por otra, en la belleza que la fe genera.
La familia es una especie de piedra miliar de los valores así entendidos, frente a las graves necesidades que afligen al mundo moderno.
 

 
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